En el marco de la presentación de su libro Dios en el caos, el pastor David Sensini reflexionó sobre el crecimiento de las problemáticas sociales en Rosario, el trabajo de las iglesias evangélicas en cárceles y barrios populares, y la necesidad de reconstruir vínculos familiares y comunitarios a través de la fe, el acompañamiento y la reinserción laboral.
Con más de cuatro décadas de trabajo social y espiritual, sostuvo que el objetivo es llevar esperanza a personas atravesadas por el consumo problemático, la violencia y el encierro. También destacó el rol de los jóvenes, la importancia de la identidad y el acompañamiento en contextos vulnerables.
A continuación, la entrevista completa.
—¿Cuál es la idea principal de “Dios en el Caos” y por qué decidiste publicarlo?
—En este tiempo vemos que muchas personas sienten que tocaron fondo y creen que no tienen salida. El caos aparece cuando un matrimonio se rompe, cuando una familia se destruye o cuando alguien cae en las drogas pensando que puede controlarlas y después no puede salir. Ahí es donde decidí escribir este libro: para mostrar que dejando entrar a Dios hay esperanza para salir del caos.
—Ustedes vienen realizando este trabajo desde hace muchos años. ¿Sentís que contar historias reales también ayuda a transmitir esperanza?
—Sí. Hace más de 40 años que trabajamos en esto. Mi papá fue pionero y comenzó un trabajo totalmente desinteresado que dio muchos resultados. En el libro cuento historias de personas que estuvieron 20 o 25 años privadas de libertad o atravesadas por adicciones y lograron salir adelante. Creo que esas personas son las que hoy pueden ayudar a otros, porque cuando uno recibe una oportunidad de vida también tiene que ayudar al que está caído. Rosario sufrió muchísimo y todavía hay heridas abiertas. No podemos mirar para el costado.
—¿Dónde focalizan principalmente el trabajo social y espiritual?
—Entramos donde nos abren la puerta. La iglesia hace algo que otros no pueden hacer: entrar donde convive la persona. En las cárceles, por ejemplo, nos permiten entrar y sentarnos cara a cara con quienes están detenidos para ayudarlos a cambiar su vida y pensar en una reinserción. También trabajamos mucho con personas atravesadas por adicciones y con familias destruidas que quieren salir adelante.
—¿Cómo es trabajar en lugares tan complejos como las cárceles y los barrios atravesados por la violencia?
—No es fácil, pero hoy se visualiza mucho más nuestro trabajo porque dio resultados. Igual nosotros no somos la solución absoluta. Esto es un complemento. Está el psicólogo, el médico, el terapeuta y también el asistente espiritual. Todos tenemos algo para aportar. Lo importante es trabajar juntos para ayudar a la gente.
—Mencionabas al Estado. ¿Sentís que hubo un cambio en la relación con ustedes?
—Sí, pero son trabajos distintos. Nosotros no podemos ocupar el lugar del Estado ni el Estado el nuestro. Esto se construye entre todos: políticos, periodistas, iglesias y organizaciones sociales. En los barrios la iglesia hace tiempo que está trabajando y la gente lo valora. Tenemos que convivir y trabajar como comunidad.
—El trabajo con los jóvenes parece ser uno de los ejes más importantes. ¿Cómo se acercan a ellos?
—El adolescente y el joven siempre buscan identidad. Y si nosotros no los abrazamos, terminan encontrando una identidad equivocada. Los jóvenes tienen un potencial enorme. Dios les dio talento, creatividad y capacidad para hacer cosas extraordinarias. Cuando logran sentirse valorados, empiezan a desarrollar todo eso que llevan adentro.
—¿Por qué es tan importante que los jóvenes se sientan valorados?
—Porque cuando encuentran el camino fácil o lo malo, después es muy difícil salir. Por eso necesitan personas que los acompañen y les hagan entender que pueden disfrutar de la vida desde otro lugar. Nosotros vemos jóvenes con muchísimo talento que terminan estudiando, trabajando o desarrollando proyectos increíbles cuando alguien cree en ellos.
—¿Cómo articulan el trabajo espiritual con la salida laboral?
—Tenemos relación con muchos empresarios de Rosario. Muchas veces ellos mismos nos piden personas para trabajar porque ven el compromiso y la honestidad de quienes están buscando cambiar su vida. Algunos quizás no saben trabajar todavía, pero las empresas les enseñan. Incluso muchas compañías aceptan contratar personas con antecedentes porque quieren darles una oportunidad.
—¿También reciben apoyo del sector privado para las acciones sociales?
—Sí, constantemente. Justamente ahora estamos organizando una acción social para llevar frazadas a personas en situación de calle y empresarios de la ciudad nos donaron cientos de frazadas. Hay una relación muy linda porque cuando la gente se siente valorada responde con compromiso y ganas de salir adelante.
—¿Qué observan hoy en el trabajo dentro de las cárceles de Santa Fe?
—En la presentación del libro, estuvieron funcionarios penitenciarios, jueces, fiscales y abogados. Me sorprendió mucho el interés que mostraron por el trabajo que hacemos. Eso demuestra que algo está funcionando. Nosotros necesitamos espacios para entrar y llevar esperanza, porque somos asistentes espirituales que trabajamos para demostrar que el cambio es posible.
—¿Sentís que hoy el trabajo de ustedes está siendo más escuchado?
—Sí. Hoy nos preguntan, nos escuchan y sentimos que todos estos años de esfuerzo valieron la pena. Muchas veces la sociedad dice “que se pudran”, pero un día esas personas van a salir. Entonces también es responsabilidad de todos ayudar a que sean transformadas para que ni ellos ni sus hijos vuelvan a delinquir.






















