El movimiento de derechos humanos en la Argentina despide a una de sus figuras más emblemáticas. Lidia Estela Mercedes Miy Uranga, conocida popularmente como Taty Almeida, falleció este domingo 14 de junio tras batallar contra complicaciones en su salud. Su vida estuvo marcada a fuego por la desaparición de su hijo Alejandro, secuestrado por la Triple A en junio de 1975, un hecho que transformó por completo su realidad y la impulsó a una búsqueda incansable que se extendió por casi medio siglo.
Proveniente de una familia de fuerte arraigo militar, Taty rompió con los mandatos de su propio entorno tras el secuestro de Alejandro, quien tenía 20 años, trabajaba en Télam y estudiaba Medicina. En 1979 se integró formalmente a las Madres de Plaza de Mayo y, tras la división del organismo en 1986, se convirtió en una de las principales referentes de la Línea Fundadora, consolidándose como una de las voces más lúcidas y respetadas en las marchas, juicios de lesa humanidad y charlas educativas.

Su última aparición: En abril de este año, en el marco de las conmemoraciones por el golpe militar, la Universidad de Buenos Aires (UBA) le otorgó el doctorado Honoris Causa. “Militancia es compromiso. Ustedes, los jóvenes, son los que van a continuar luchando por la Memoria, la Verdad y la Justicia”, había expresado en su emotivo discurso de aceptación.
A lo largo de su trayectoria, Almeida recibió numerosas distinciones institucionales y académicas a nivel nacional e internacional. Además de su constante presencia en las calles, en 2008 publicó el libro “Alejandro, por siempre… amor”, una obra que recopiló los poemas que su hijo dejó plasmados en una agenda personal y que le permitieron a Taty comprender a fondo los ideales políticos por los que él militaba. Su partida física deja un vacío inmenso, pero su legado ya es bandera en las nuevas generaciones.






















