El transporte urbano de Rosario atraviesa una crisis que ya no se mide sólo en demoras o quejas de usuarios: también se refleja en la cantidad de pasajeros que dejaron de viajar en colectivo. Durante 2025 se vendieron 41 millones de boletos, una cifra que expone una fuerte retracción de la demanda y que, según el diagnóstico difundido por Rosario/12, sólo encuentra un antecedente comparable en el impacto de la pandemia.
El dato aparece en un contexto de deterioro del servicio. De acuerdo con el relevamiento del Observatorio Social del Transporte, la frecuencia promedio entre unidades fue de 14 minutos y 42 segundos, mientras que la mitad de las líneas analizadas mostró peores registros que en 2023.
La consecuencia es visible en la calle: esperas más largas, recorridos menos previsibles y usuarios que empiezan a buscar alternativas. En muchos casos, quienes pueden migran hacia motos, bicicletas, autos compartidos o aplicaciones de movilidad. Otros directamente reducen viajes, reorganizan rutinas o caminan distancias que antes resolvían con una línea urbana.
El problema es circular. Cuando baja la cantidad de pasajeros, el sistema recauda menos. Y cuando el servicio empeora, más usuarios se bajan. Esa dinámica golpea sobre todo a quienes dependen del colectivo para trabajar, estudiar, hacer trámites o acceder a servicios básicos.
La caída también reabre el debate sobre el financiamiento del transporte urbano. Con menos subsidios, costos operativos en alza y una demanda debilitada, Rosario enfrenta el desafío de sostener un sistema que sigue siendo central para la movilidad cotidiana, pero que perdió atractivo frente a otras opciones.
El informe deja planteada una advertencia: recuperar pasajeros no depende únicamente del precio del boleto, sino también de la calidad del servicio. Sin frecuencias confiables, previsibilidad y cobertura adecuada, cada usuario que abandona el colectivo se vuelve más difícil de recuperar.





















