Un informe elaborado en la Universidad Nacional de Rosario encendió una señal de alerta sobre la escuela media en la ciudad: la cantidad de estudiantes que finalizan el nivel secundario muestra una baja leve, pero sostenida, que corta una tendencia histórica de expansión educativa.
El trabajo advierte que el retroceso no aparece como un derrumbe abrupto, sino como un desgaste persistente que se viene consolidando con el paso del tiempo. En ese marco, el dato preocupa por lo que representa a mediano plazo: menos egresos implican más dificultades para la continuidad educativa, el acceso al empleo formal y la movilidad social.
La caída se da, además, en un escenario donde también se percibe una merma en la población escolar del nivel medio. Ese movimiento suele responder a una combinación de factores —demográficos, sociales y económicos— que impactan de manera directa en la trayectoria de las y los estudiantes, desde la asistencia regular hasta la permanencia dentro del sistema.
Sin presentar el fenómeno como un hecho aislado, el informe plantea que la finalización del secundario funciona como un termómetro sensible: cuando se resiente, suele ser porque la escuela empieza a competir contra urgencias cotidianas que se vuelven más fuertes, especialmente en los sectores más vulnerables. En esa tensión aparecen obstáculos conocidos: la necesidad de trabajar, la sobrecarga de cuidados en los hogares, la dificultad para sostener rutinas y, en muchos casos, la desmotivación ante un horizonte laboral incierto.
El relevamiento también vuelve a poner sobre la mesa un debate clave para la ciudad: qué políticas se requieren para sostener a quienes están en riesgo de abandonar, cómo acompañar trayectorias interrumpidas y de qué modo fortalecer el vínculo entre la escuela y el mundo del trabajo sin que eso signifique expulsión temprana.
En definitiva, el diagnóstico de la UNR no habla de una crisis súbita, pero sí de un cambio de tendencia que obliga a mirar con más atención el presente del secundario rosarino. Si el indicador se mantiene, el problema deja de ser estadístico y pasa a ser estructural: una ciudad con menos egresados es una ciudad con menos oportunidades.





















