Es muy dificil comenzar a hablar de esta serie porque hay miles de formas de hacerlo, pero parafraseando el tema central de la misma podemos decir que cada condimento que tiene esta narrativa termina de conformar un plato que al probarlo no nos quedará más remedio que aplaudirlo de pie.
Sí, no es una exageración, estamos hablando de “una de esas historias brillantes”, una construcción maravillosa de un relato sobre la alta cocina, sobre los vínculos familiares y sobre la presión que implica alcanzar la perfección (y la infelicidad que muchas veces esto conlleva).
Las estrellas Michelin y la excelencia como obsesión
El eje que sostiene toda la serie es la pregunta de qué hace falta para que un restaurante alcance las famosas tres estrellas Michelin. “El Oso” despliega con detalle todo lo que implica ese nivel de excelencia: trabajo en equipo, disciplina, creatividad, combinación de sabores, manejo de proveedores, organización del servicio, de la cocina y toda la logística diaria que exige preparar cada jornada de alta cocina.
Pero la serie no se queda solo en la mecánica del oficio. También muestra el costo humano de perseguir esa perfección: la adrenalina, la emoción y hasta la locura que atraviesa a cada trabajador, y cómo ese nivel de exigencia puede deshumanizar por completo a las personas mostrando el choque frontal que esto genera contra quienes tienen su humanidad como primera premisa. “Hoy fue una noche brillante como equipo gracias a que yo no la estuve liderando” dice el protagonista Carmy en un pasaje de un capítulo caótico, destacando la importancia de los liderazogos virtuosos por sobre los tóxicos. La serie termina dejando un mensaje claro sobre la importancia de cuidar los vínculos en cualquier tipo de relación.
El contexto: la familia disfuncional, el ritmo frenético y los exquisitosd etalles del artes de la serie
En paralelo al mundo de la cocina, “El Oso” se mete de lleno en la enormemente disfuncional familia de Carmy, el cheff protagonista de esta historia. El negocio familiar, las relaciones entre padres, hijos, hermanos, primos, tíos, amigos, todos como parte de un sainete que muchas veces roza la incredulidad en distintas situaciones que sin embargo se vuelven naturales en el contexto de la familia Berzatto.
La serie acelera de 0 a 100 en un pestañar y nos puede llevar a que literalmente bajemos el volumen de alguna escena hasta que clava el freno de mano y nos invita a ser participes de la contemplación de “alguna locura que acaba de pasar” usualmente en la cocina. El juego del abrir puertas entre cocina y área de comensales en cuanto a musicalidad de esta historia, le aportan un condimento hermoso para imaginar el detrás de escena del universo gastronómico.
A esto se suma una fotografía excelente, con capítulos —como el episodio “Tenedores”, uno de los mejores de la serie— que admiten volver a verse una y otra vez para encontrar siempre aparece un detalle nuevo que puede aparecer con un plano, una palabra o un sonido. Otro detalle que aporta al caos organizado de El Oso responde a la duración de los capítulos, ya que promediamos 30 minutos de cada uno hasta que aparece alguno de una hora y media entre medio, el caos de la cocina y de la vida de Carmy se escapa de la cinta para complejizar el órden que suele tener la temproada de cualquier serie.
La música es otro de los detalles cuidados: con bandas como Nirvana, R.E.M. o Pearl Jam para marcar el tono en las escenas. En un contexto en el que muchas producciones recortan costos y simplifican recursos, “El Oso” se destaca por sostener la calidad en cada área: actuaciones principales y secundarias, un guión que va revelando de a poco hacia dónde va la historia y a que ritmo, una fotografía bellísima y una dirección de arte para encuadrar.
¿En serio es tan buena esta serie? Sí, cheff.
