Matías Bottoni, el nadador rosarino de 17 años que se prepara para continuar su rehabilitación en España, sumó en las últimas horas un obstáculo tan inesperado como indignante: la silla de ruedas de alta tecnología que le habían donado para mejorar su movilidad fue dañada durante una maniobra de carga en el aeropuerto de Ezeiza.
El episodio ocurrió cuando Luciano Bottoni, padre del joven, regresó de Europa con el dispositivo que había conseguido gracias a la colaboración del argentino-israelí Eric Hecht. La silla, diseñada para asistir a personas con movilidad reducida y con componentes de alta complejidad, terminó rota tras ser tratada como equipaje común, pese a las advertencias del propio Luciano.
Según relató, al momento del desembarco pidió que no la pasaran por la cinta transportadora porque podía dañarse. Sin embargo, el personal avanzó con la maniobra y, cuando la silla llegó al sector de retiro, ya presentaba roturas visibles. La situación derivó en una denuncia ante la Policía de Seguridad Aeroportuaria.
La indignación de la familia no se limita al daño material. El padre del deportista explicó que se trata de un elemento central para la vida cotidiana y para evitar complicaciones clínicas durante la rehabilitación. Remarcó, además, que el dispositivo tiene un valor estimado de entre 30 y 40 mil dólares y que el perjuicio no se resuelve solo con una eventual reposición: mientras tanto, Matías queda sin una herramienta clave para sus traslados y cuidados.
La silla donada cuenta con un sistema motorizado alimentado por batería de litio y un mecanismo de asistencia que multiplica el impulso cuando detecta la intención de movimiento. Ese detalle es decisivo para Bottoni, que actualmente no puede cerrar la palma de la mano y, por esa limitación, se desplaza con dificultad. Además, incorpora un control por aplicación, que permite, por ejemplo, acercarla al usuario para facilitar una transferencia desde la cama o un sillón.
El caso expuso también una falla estructural en la atención a personas con movilidad reducida y en el manejo de elementos sensibles. Luciano cuestionó que el reclamo haya sido encuadrado como si se tratara de una valija más y advirtió que, en el mismo vuelo, viajaban otras personas en silla de ruedas: “Si les pasaba a ellos, ¿cómo se volvían a su casa?”, planteó, al señalar la falta de responsables claros frente a este tipo de situaciones.
Tras la viralización del episodio, la familia recibió una ayuda que permitió abrir una salida provisoria: un herrero de la zona de Alvear, con experiencia en este tipo de dispositivos, se ofreció a repararla en un plazo de 24 horas. Aun así, Matías deberá esperar al menos un día más para poder usarla. En paralelo, se gestionó la llegada de una silla provisoria desde una ortopedia, aunque advirtieron que no es a medida y podría no ser adecuada si el equipo médico desaconseja su uso.
Mientras intentan resolver el daño, la familia mantiene el plan principal: avanzar con la rehabilitación en Barcelona, en el Institut Guttmann. Luciano viajó a Europa para coordinar reuniones y trámites, y describió el contacto con Hecht como un respaldo importante en lo emocional y en lo práctico. También destacó las condiciones de accesibilidad que observó en ciudades europeas, como un contraste marcado con la realidad local.
El viaje de Matías está previsto para mediados de febrero, ya con 18 años. El tratamiento implica un costo elevado, estimado en 15 mil euros mensuales. Según la familia, las donaciones recibidas hasta ahora alcanzan para sostener tres meses de atención, aunque el esquema exige renovar el esfuerzo mes a mes para poder continuar.
En medio de la expectativa por la rehabilitación, la escena en Ezeiza dejó una marca difícil de digerir: un dispositivo pensado para darle autonomía y reducir riesgos terminó dañado por una cadena de negligencias que, en cualquier aeropuerto preparado para la inclusión, deberían ser inadmisibles.





















