De prometer un “Silicon Valley” biotecnológico en Rosario a quedar atrapada en embargos, default y un pedido de quiebra que suena cada vez menos teórico. Bioceres S.A. atraviesa su momento más oscuro: la firma, emblema durante años del salto tecnológico aplicado al agro, quedó golpeada por una crisis financiera que ya no se puede maquillar con relatos de innovación ni épica emprendedora.
En las últimas horas, la Justicia dispuso el embargo de las cuentas bancarias de Bioceres en entidades como BBVA, Mariva, Supervielle y Santander, en el marco de una demanda ejecutiva presentada por Draco I Latam Spc, una sociedad offshore registrada en Islas Vírgenes. El reclamo apunta al cobro de un pagaré por más de 106 mil dólares, vencido en julio del año pasado. El juez interviniente ordenó trabar embargo sobre los saldos disponibles y sumó un adicional estimado del 30% en concepto de intereses y costas, con el objetivo de cubrir el total reclamado.
El embargo llega en un momento particularmente crítico: Bioceres viene de abrir una convocatoria de acreedores, mientras el escenario interno se encamina hacia una decisión extrema. Sus accionistas se preparan para ratificar el pedido de quiebra, una señal que confirma lo que el mercado ya descuenta: la crisis dejó de ser una turbulencia y pasó a tener apariencia de desenlace.
Default, convocatoria y una deuda que asfixia
El deterioro no estalló de un día para el otro. A mediados de 2025, Bioceres entró en default tras incumplir el pago de obligaciones negociables por 5,31 millones de dólares, dentro de un pasivo mayor cercano a 30 millones. Ese primer incumplimiento expuso que el motor financiero del grupo empezaba a fallar, y encendió alarmas entre acreedores e inversores.
A partir de allí, la situación escaló: la compañía anunció su convocatoria de acreedores para intentar reordenar una deuda que, según estimaciones del sector, podría trepar a 160 millones de dólares si se suman compromisos asociados a una subsidiaria estadounidense.
En paralelo, se aceleró una reconfiguración societaria que, lejos de despejar dudas, las multiplicó.
El “encapsulamiento” del riesgo y el laberinto corporativo
Una de las claves del caso fue la reorganización que separó a Bioceres S.A. de la empresa vinculada al grupo que cotiza en Estados Unidos. Tras una serie de movimientos societarios, Bioceres Crop Solutions (BIOX) quedó operando como entidad independiente de Bioceres S.A., lo que fue interpretado por parte del mercado como un intento de “blindar” activos y aislar el impacto del default argentino del vehículo que cotiza en Wall Street.
El núcleo de esa ingeniería se apoyó en una fusión y cambio de control que involucró a Moolec Science, una compañía radicada en Islas Caimán, es decir, una jurisdicción que para cualquier observador mínimamente atento huele a opacidad financiera. La maniobra incluyó cláusulas que dejaron el peso del problema en la “administración anterior”, una explicación prolija para papeles, pero insuficiente para disipar sospechas en el mundo real.
El resultado fue un entramado confuso, con idas y vueltas de control, sociedades en paraísos fiscales, aclaraciones públicas para despegar responsabilidades y una conclusión inevitable: la crisis ya no era solo financiera; era también de credibilidad.
Federico Trucco, el rostro del éxito… y ahora de la caída
En esta historia hay un protagonista que no puede esconderse detrás de balances ni organigramas: Federico Trucco, CEO y cara visible del grupo, quedó en el centro del vendaval. Si Bioceres construyó su identidad pública alrededor de su liderazgo, también es lógico que el derrumbe lo señale como principal responsable político y empresarial.
Porque no se trata únicamente de que una empresa atraviese dificultades: lo que explota acá es la distancia brutal entre lo que se prometió y lo que se entregó. Trucco supo moverse con una combinación de seguridad técnica y discurso grandilocuente, defendiendo proyectos polémicos como las semillas transgénicas HB4 con un tono que muchas veces rozó la autosuficiencia. Durante años fue la voz del “futuro”, el que hablaba de innovación, patentes, expansión internacional y revolución productiva.
Hoy, ese libreto suena vacío.
El CEO queda expuesto por algo más profundo que un default: por la sensación de que hubo más audacia comunicacional que prudencia de gestión, más épica de escenario que control de riesgos, más ingeniería societaria que transparencia. La empresa que pretendía ser orgullo tecnológico terminó discutiendo pagarés impagos, embargos y un concurso que amenaza con rematar su historia.
En el mercado, las preguntas ya no pasan por si la crisis es grave —lo es— sino por qué se hizo (o no se hizo) para llegar hasta acá. Y en ese “qué”, el liderazgo de Trucco está inevitablemente en la mira.
Del sueño biotecnológico a la cuenta regresiva
Bioceres nació después de la crisis de 2001, empujada por productores y empresarios que vieron una oportunidad en la biotecnología aplicada al agro. El grupo creció, se expandió, sumó patentes, se internacionalizó y logró construir una narrativa de empresa modelo, con Rosario como plataforma. En el camino, también tejió vínculos políticos, alianzas y apuestas financieras que la llevaron a operar en el plano global.
Pero el presente es otro: Bioceres S.A. hoy está cercada por su propia deuda, golpeada por medidas judiciales, y con un proceso concursal que parece más la antesala de un final que una salida ordenada.
Lo que queda a la vista es una lección incómoda: en el mundo empresario, la innovación no alcanza si la administración se deshilacha; y ningún relato resiste cuando los números se caen a pedazos. Bioceres enfrenta su hora más cruel. Y Federico Trucco, que durante años se ubicó como símbolo del éxito, empieza a quedar marcado como el rostro del fracaso.
