Terminada la feria judicial, la crisis de Bioceres S.A. sumó una escena que expone con crudeza el nivel de deterioro financiero: ante un pedido de embargo para cobrar un pagaré vencido por US$ 106.417, los bancos informaron que la compañía prácticamente no tenía fondos disponibles. La acción fue impulsada por Draco I Latam SPC Ltd, una firma registrada en Islas Vírgenes Británicas, que presentó una demanda ejecutiva y pidió trabar medidas sobre cuentas en Santander, BBVA, Mariva y Supervielle.
El 19 de diciembre, el juez subrogante Federico Alberto Guerri ordenó intimar el pago del capital reclamado y habilitó el embargo de bienes suficientes, contemplando además un 30% adicional estimado por intereses y costas. Cuando las entidades respondieron, la postal fue lapidaria: Supervielle y Mariva señalaron saldo cero; Santander retuvo apenas $812 y US$ 34; y BBVA informó la retención de $498.040. Un resultado que, en los hechos, deja la pretensión de cobro chocando contra una caja exhausta y refuerza la percepción de una empresa que ya no logra sostener ni la mínima normalidad financiera.
La fragilidad también aparece en el frente crediticio. Santander figura como uno de los más expuestos ante el concurso que se anticipa, con una deuda informada de $7.151 millones y calificación “con problemas” (categoría 3). Detrás aparece BBVA con una acreencia sensiblemente menor, de $15 millones. A eso se agregan compromisos en el Mercado Argentino de Valores: Bioceres mantiene pagarés bursátiles con vencimientos entre febrero y julio de 2026 por un total de $1.592 millones, además de otras deudas con inversores y pasivos comerciales.
En este cuadro, el foco vuelve a posarse sobre Federico Trucco, el CEO que durante años se mostró como cara visible de la “biotech” local y hoy queda asociado a una gestión incapaz de dar certezas. No es solo una demanda por un pagaré: es la imagen de una firma que se achica a la velocidad de sus incumplimientos, mientras el liderazgo que la condujo a vender promesas de expansión global ahora queda atrapado en el rincón más incómodo: el de explicar cómo se llega a tener embargos por seis cifras en dólares y, del otro lado, cuentas que apenas juntan monedas.
